Muchas veces, el mundo del deporte nos sirve como contexto para aprender lecciones y como metáfora sobre cómo reaccionamos frente a las normas o cómo gestionamos nuestra frustración.
Anteponer la deportividad (la coherencia, la honradez, el respeto) al éxito, ya no es solamente una lección deportiva, sino también una invitación a interrogarnos sobre nuestra actitud en la vida, sobre cómo participamos y cómo acompañamos. El triatleta, a escasos metros de la meta, esperó a que su rival recuperase la orientación para dejarle pasar. Y me pregunto en cuántas ocasiones de mi vida no habré aprovechado yo un desliz ajeno para tomar ventaja. De cuántas situaciones de éxito inmerecido o injusticia he sido cómplice.
Habiendo rozado una victoria, un logro, un aprobado, un ascenso…
- ¿Cuántas veces nos hemos dicho aquello de «lo importante es participar»?
- ¿Cuántas veces no he sabido (o no he querido) esperar a que el otro se reubique, se reoriente tras un error?
Padre,
enséñame a ser uno contigo,
con los hermanos, con toda la creación,
a sentirme incondicionalmente hijo amado tuyo.
Enséñame a construir familia y comunidad
caminando en gratuidad y experimentando la libertad
para en todo amarte y darme.
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